Hace ya más de un año

viernes, 17 de agosto de 2007


(foto: Sergio Higuera)

¿Por dónde comenzar? Quizá contándoles todo, desde el principio de todo, de todo esto.

Caminaba rumbo a dónde sea, con el ánimo de no llegar a ningún lado. Vagando, paseando el ocio y la incertidumbre en los bolsillos y, tras unos pasos en la calle que no importa, a punto de tropezar con algo que no interesa, me topo con esta mujer (la de la fotografía) quien me busca un poco hasta toparse con mis ojos que la veían discretamente y que en aquel momento escapan a su mirada. No le entiendo sus intensiones, así que sigo derecho, derecho, derecho… aquí no ha pasado nada.

Ella, alcanza a ver mi cuerpo en plan de huida. Dispara un par de palabras, unas cuantas oraciones para envolverme en algo de lo que no tengo idea. Volteo, apenas para verla ahí, haciéndome propuestas indecorosas de todo tipo, usando expresiones que yo antes sólo había escuchado en personajes y en libros de los cuales no tengo buenas referencias por su contenido tan contaminante a mi frágil consciencia. ¿Qué tipo de mujer es ella? ¿Qué es lo que le anima a utilizar palabras que no se conjugan así, de esa vil manera, sin perjudicar a la lengua, a nuestras ideas, a mi sensibilidad? ¿Qué afán de remover escombros de mi mente? [Nadie sabe de los escombros en mi mente].

Lo bueno es que un amigo me acompañaba. Quedó perplejo al igual que yo. Sólo atinó a tomar esta fotografía como prueba en su contra, mientras yo quedaba desconcertado tratando de encontrarle sentido a todo. No quise saber más, ni qué habría sido de ella. Seguramente la recluyeron en un psiquiátrico; a veces da pena ajena encontrarse a gente por la calle que aún piensa así. ¿En qué mundo vivimos? Por Dios…

La imagino recorriendo los largos pasillos del psiquiátrico, pensando que al llegar al final de su recorrido habrá de encontrarme. Lástima; a veces me siento mal. A veces siento que quizá, en algún lugar de mi mente, cabría lugar para aquellas perversiones propuestas y que, de ser así, habría encontrado a la mujer de mi vida y estaría ella, ahora, cual Penélope, esperando mi llegada y yo, con ánimos de ir a buscarla pero dudando. O tal vez no, ¿y si está con alguien más? después de olvidarme inmediatamente, de desprenderse del cruel recuerdo de éste tipo que la trató así.

[La justicia no está del lado de los justos, sino de quienes la acariciamos lo suficiente –me dijo algún Don Nadie–: es una gatita que ronronea en los pies de los que la alimentan y que saben tenerla domesticada, con la suficiente hambre para que vuelva de mañana, al salir el sol, para ofrecernos una sonrisa.]

He sentido pena, tan sólo que ahora no sé si es por ella o por mí mismo. Hace ya más de un año… calculo que el tiempo ha seguido transcurriendo sin importarle que mi mente se mantenga detenida en el recuerdo de aquel momento, cuando la flaqueza, el miedo y la impaciencia me robaron la oportunidad de brindarme una oportunidad ahora perdida, parecer ser.

Desde entonces ha sido una búsqueda constante por la zona centro de mi ciudad, por todos los a dónde sea con el mismo ánimo de no llegar a ningún lado, para ver si encuentro una mujer que me haga las mismas propuestas que aquella amable mujer a la que no supe apreciar, por la que ahora paso noches en vela en que se me acumulan perversiones como las propuestas, por si algún día tengo la suerte de encontrarle. No importa que fuese en otro cuerpo, con otro sabor en la carne, sólo importa que en el fondo sea ella un espejo donde pueda realmente verme tal cual soy: perverso.

Por desgracia, todas las mujeres que en algo se han acercado a ella –al menos en apariencia– no me proponen nada, al contrario, me piden algo, lo mismo todas ellas: dinero, obediencia, que me deje domesticar y que, al terminar, me vaya lejos –con mi cuerpo o sin mi cuerpo–. Qué más da, el amor lo buscarán en otra parte. No es en ellas, no. No es en ellas en quienes podré encontrarte, si en ellas no me encuentro, sólo me pierdo y estoy harto de engañarme.

Me ha sido imposible hallarte, ¿dónde te he dejado? Te he rastreado recorriendo los pabellones del psiquiátrico tan vehementemente que me han confundido con un interno, y me he dejado confundir. No importa que me aten, que me maltraten, que me curen de enfermedades mentales que no tengo, pues la única que tengo habrá de curarse al encontrarte, en ese preciso instante. Necesito estar por aquí un poco más de tiempo, reconocer todos los lugares: subirme a la copa de los árboles y buscar cualquier rastro de ti. Acepto que tu recuerdo se ha nublado en mi mente y que puede que sea incapaz de reconocer tu rostro entre una multitud o viéndote de frente. Hoy, después de todo esto, estoy buscando tan sólo, sin saber a ciencia cierta ya, qué es precisamente lo que espero encontrar. En el fondo, todo empezó por evitarte, evitar impregnarme de tus perversiones, para luego reconocerme y encontrarme, dejar que emergieran en mí las perversiones que había reprimido y que, paulatinamente, se han sublimado.

Ninguna de ellas me ofrece nada a cambio más que el simple y llano contacto carnal. La mujer que yo busco –tú–, me insinúa un abanico de posibilidades, imposibles antes, ciertas contigo. Es por eso que me desespera no recordar tu rostro: el de la fotografía no pareció ser nunca el que recordé al principio y que terminé olvidando, pero que hoy frenéticamente persigo descifrar raspando en los resquicios de mi memoria.

Una de estas mujeres, déjame contarte, se atrevió a decirme que si le llegaba al precio me llevaría al cielo. –¡¿Qué?! Disculpe, ¿ha dicho usted bien?–me desconcertó, y hasta cierto punto logró enfurecerme su inverosímil propuesta. El resto de su parloteo terminó por dar sentencia a su tipo de mujer (que no sé bien qué tipo de mujer sea, la verdad). Pero, a la vez, sus murmuraciones incoherentes me embarcaron en una más de las preguntas que hoy alimentan mi retórica mientras los encargados del psiquiátrico me amedrentan con un poco de imágenes inconexas y electroshocks semi-imperceptibles: ¿Quién le ha dado a ella el permiso de ponerle precio a algo que no le pertenece?

[Malditos y benditos los poseídos por la ignominia.]


Últimamente ya no busco nada, he dado por perdido aquello que me ofrecieran en aquel lugar:

– Oye –me dijiste–, si tu me dejas, soy capaz de abrazarte y besarte. Te ofrezco dejar que me mires y mirarte. Te ofrezco dejar que me toques y tocarte...

– Es lo mismo que me ofrecen todas –contesté–. Sólo que todas pactan distinto.

– Yo no soy una de todas –dijiste–. Yo te ofrezco sin pedirte nada a cambio. Te ofrezco mirarte y que tengas la certeza de que al hacerlo mis ojos y mi mente están contigo, en cada momento. Te ofrezco tocarte de tal manera que puedas darte cuenta que no podría ser de otra forma: te estaré tocando a ti, hombre, sabrás que no habrá más nadie a quién quiera acariciar y arañar, morder y besar. Sabrás que será sólo a ti, y a cambio, hombre, a cambio te pido nada.

Me dejaste atónito ante tu oferta.

– No puedo creerte, mujer, no trates de engañarme –y, sin darte oportunidad de decir más nada, retomé el camino hacia algún lado, con mis pasos más decididos que antes y con el tambaleo en mi cabeza negándose a creer: “y a cambio te pido nada” … ¡Qué barbaridad!


[– ¡Vaya que me ha querido ver la cara de idiota! –digo para mí mismo–.
Y eso que hoy salí con mis mejores máscaras, las impecables que siempre funcionan.]


Terminé, progresivamente, equiparando tu recuerdo al rostro de una loca, al igual que a tus propuestas que sonaban obscenas, por absurdas, las vi perversas en su trasfondo… Hoy, hoy quisiera que esa perversión me consumiera. Ojalá hubiera hecho una excepción; uno nunca sabe dónde encontrará el amor, uno no puede –ni debe– negarse nada más así, sin más.

Es tarde para corregir mi error, mi idiotez. Y, aquí, en el mismo pabellón donde te espero encontrar todos los días, arrepentido de mi estupidez, confío en que la esperanza sea perenne y en que en algún momento vengas a buscarme. Ojala mi rostro no se haya borrado en tu memoria. Espero verte llegar un día. Estoy dispuesto a ofrecerte todo, y a cambio, corazón mío, a cambio te pido nada… nada.


José Eduardo Perezchica Vega

(Original: 25 de julio de 2005; ésta versión: 24 de junio de 2006).


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