Crisálida

miércoles, 22 de noviembre de 2006


Introdujo sus dedos: pulgar, índice y anular, en los tres orificios de su espalda. Lo sujetó bien para poder levantarlo y, al hacerlo, lo sacudió levemente para quitarle un poco el polvo y para terminarlo de escurrir. Giró la muñeca alcanzando a verle el rostro inexpresivo, y con un dedo le levantó el cráneo desde el mentón para examinar uno y otro lado de su cara, pero nada. Lo apoyó sobre la palma de su mano, dejó que el peso de su cabeza le recayera en la nuca y así vería si en el cuello aún le quedaban marcas, pero nada, ninguna. Lentamente sacó sus dedos, lo recostó boca abajo sobre la palma de su mano izquierda, para con la mano derecha poder tomarle de una de sus alas, con los dedos índice y pulgar, delicadamente. Y lo mismo después, sosteniéndolo de ambas alas, cual si fuera una mariposa; una mariposa gris, por cierto. Las alas extendidas, su cabeza y sus extremidades flojas y sueltas, contoneándose con el aire y al vaivén de sus dedos.

Tras observarlo detenidamente, de espaldas y de frente, lo levanta acercándolo a la lámpara para así averiguar si a contraluz se distinguían las venas, pero difícilmente lograría hacerlo a simple vista, pues ya ni sangre circulaba. Al bajarlo, notó sobre sí lo que le pareció una gota de sangre: buscó en él para saber su origen. En los pies de aquello aún quedaban dos o tres gotas casi secas, de un color rojo severamente oscuro que, después de tanto tiempo y de los procedimientos, no era nada de extrañar.

Para guardarlo, le dobla sus alas con las que lo envolverá en sí mismo. Su ala derecha le abrigaba el pecho y le rodeaba el rostro, su ala izquierda le circundaba el torso y le cubría hasta los glúteos. Una vez así, lo empapa en un bálsamo a base de formol y vitaminas, con la intención de conservarlo de la mejor manera. Después de esto, lo deposita en un frasco con los pies adheridos a la tapadera, la cual, además, tenía unas perforaciones que permitirían que le entrara aire. Cerrado el frasco, lo coloca cerca de la ventana para que por las mañanas le pegara un poquito de luz y de calor del sol. Lo dejó ahí unos cuantos días. Luego, cuando lo buscó, lo único que encontró fue una crisálida.

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Por fin podría saber, en muy poco tiempo, cuál era la procedencia de ese pequeño ser alado al que descubrió siguiéndolo, y al cual atrapó un día, sin planearlo, mientras éste (pobre desconocedor de la condición humana) se posaba a descansar en uno de sus hombros y se disponía a darle consejos que él nunca escuchó.

Eduardo Perezchica
(18 de enero de 2004)



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